Tentaciones de altura
Hace 11 horas
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"El Día Después, partiendo de cero audiencia, porque veníamos de codificado, fue el programa de fútbol más visto durante 15 o 16 años. Entonces, hay un público para ese tipo de programas. Lo hay. Ahora, creo que es un tema que tiene que ver con el respeto por el público. Igual que hablábamos de los árbitros, al público hay que respetarlo. La premisa número uno para un programa de televisión ha de ser plantearse si realmente tiene algo que contar al público. No se trata de ocupar un espacio por ocuparlo. Hay que contar algo. Cuando se tiene algo que contar, hay que plantearse si se quiere contar, porque esto es algo vocacional. Si la respuesta también es positiva, hay que plantearse cómo contarlo. Porque nosotros, y esto siempre se lo digo a quien trabaja conmigo, invadimos los hogares. Yo esto lo he hecho con gente que ha trabajado conmigo. Los he sacado de la oficina y les he llevado a la calle. He señalado las ventanas de los edificios y les he dicho: “Nosotros entramos ahí, vamos a hablar a la abuela, al nieto y a todos los demás. Vamos a entrar en sus casas. Igual que cuando entras en una casa y no conoces a la gente que hay en ella les tratas con educación, exactamente igual hay que hacerlo en televisión. Porque tienes que ser consciente de que tu trabajo va a ser juzgado por esas personas. Es imposible que todos estén de acuerdo con lo que digas, no vas a complacer a todos. Pero lo que sí está en tus manos es tratarlos con la mayor educación posible, porque vas a compartir un rato con esa gente en su salón de estar, en su intimidad. No se debe molestar a nadie en su salón de estar si no tienes nada que contarle".
"Para mí es algo terapéutico. Yo me tomo el café todas las mañanas en una gasolinera y mantengo magníficas tertulias con varias personas allí. El blog es algo parecido. Tiene mucha inmediatez y establece comunicación. Esto me gusta mucho del blog. Es algo íntimo. Es como si hablaras directamente con las personas. Cuando escribo en el blog es como si estuviera susurrando, como si le dijera a alguien: “Ven, que quiero contarte algo".
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"Ahora, el salario del miedo incluye succionar ciruelos con siglas e insultar a los colegas como si la independencia personal fuera incompatible con el oficio. Secundar a la empresa hasta en sus guerras y disparates. Así, redactores culturales que antes sólo hablaban de libros o teatro escriben también columnas de opinión donde atacan a este partido o defienden a aquél; y hasta el becario que trajina noticias locales debe meter guiños en contra o a favor, demostrando además que se lo cree de verdad, si quiere seguir empleado".
"Si desde el principio te haces disciplinado, por no decir servil, si crees que los jefes tienen siempre razón, si crees que la empresa está por encima de la información, ¡déjalo! Porque no te vale la pena, no te va a compensar. Para llevar una vida ordenada y más o menos burocrática búscate cualquier otra cosa. Si mantienes una actitud un poco ya no de resistencia, pero si de escepticismo frente al poder, si aceptas las incomidades pero también ves lo entretenido que es contar historias, buscarlas y encontrarlas, ¡sigue! es muy entretenido. No comerás de maravilla, pero a veces sí".
"Cuando eres fuerte con los fuertes te lo pasas muy bien, pero te llevas muchas hostias. Si aceptas que en algún momento te caerá una hostia, tendrás momentos de diversión que no te dará ningún oficio. Si eres fuertes con los débiles y débil con los fuertes pues acabarás teniendo una opinión relativamente mala de tí mismo. Y eso tampoco te va a ayudar".
Llegados a este punto, los jóvenes periodistas pueden escoger tres opciones:
1. Seguir succionando ciruelos bajo el régimen del salario del miedo.
2. Dejar de darle a las teclas para enrolarse en el macroejército del Imperio de Amancio de Ortega, hacer las maletas para aprender inglés (otra cosa es lo que hagan; los países de habla inglesa están siendo colonizados por jóvenes españoles) o irse a ordeñar vacas a Nueva Zelanda.
3. Morir con las botas puestas, como haría Pérez-Reverte. Puestos a ciscarnos en nuestras degracias y en los que manejan el cotarro y sus seres más queridos, que sea haciendo algo que nos apasione. Don Paco Sancho lo resume así de bien:
"Si tuviera dinero me lo puliría en un proyecto divertido, apasionante, periodístico y productivo. Me arruinaría, pero a gusto".
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Más allá de la anécdota, y de la porra sobre quién caerá primero, Cobo o Pellegrini, la sesión de ayer resultó francamente sosa.
Una vez reducida, inverecundia fue encerrada en la misma jaula parlamentaria donde ya cumplía condena insacular, el palabro que antaño largó Bono para demostrar que un presidente del Congreso no debe permitirse hablar como cualquiera.
Elena Salgado, que ejercía de vicesobrera, estaba dando una réplica rutinaria al anuncio de Montoro de la decadencia del Estado de bienestar cuando de repente, referida a la oposición, soltó la palabra «inverecundia». Ante ella, los periodistas de la grada se quedaron como los monos de Kubrick ante el monolito. La olisquearon. La palparon con cuidado.
(...) sino que maneja el chivatazo y el esbozo de una policía política como un incordio candente que ha de resolver el ministro del Interior igual que al 'Mr. Lobo' de Tarantino se le encargaba en Pulp Fiction limpiar el escenario del crimen.
(...) la dureza con que Montoro se empleó contra Salgado, como si ahí hubieran descubierto los populares a un carrilero desbordable como Marcelo contra el cual sería fácil hacerse una reputación (...)
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"El mejor periodismo es el de quien puede estar un mes, dos meses, tres meses, lo que haga falta para una buena historia. Una buena historia que probablemente te lo explicará todo. Porque no hace contar todos los datos, explicar todas las situaciones, o explicar el Universo. No. Hay historias que son bastante reveladoras... si las trabajas bien. Hace falta tiempo; antes se tenía más tiempo. Arturito Pérez-Reverte siempre explica que cuado trabajaba en Pueblo se iba a África y nadie sabía nada de él hasta que volvía al cabo de uno, dos tres meses con una, dos, tres historias y algunas fotos que se publicaban en portada un día. Tal cosa pasa porque hay una guerra allí que no se qué... Vale, eso era trabajar mucho mejor que lo que hacemos hoy. Porque permitía que alguien se sumergiera en un determinado contexto y lo viera desde dentro (...)"
"El mejor periodismo ahora se hace en libros porque la prensa escrita ha renunciado a la extensión y a la profundidad. Por alguna razón la industria ha supuesto que el lector de periódicos es un tipo al que no le gusta leer, lo cual suena un poco contradictorio. Si no le gusta leer no lo comprará aunque hagas textitos de diez líneas. Se supone que sí debería ser alguien que quiere leer. Parte de la profundidad que tenían los periódicos, que antes daban textos más largos y exhaustivos, menos atados a la actualidad, se han pasado a los libros. Ahora hay libros periodísticos fantásticos. Por supuesto cualquiera de Kapuściński es maravilloso. Pero hay muchos otros que se hacen ahora mismo. ¿Por qué? Por que la prensa escrita ha renunciado a esa profundidad. Acaban en libros y esos libros no se venden masivamente pero están ahí. Todas las historias acaban saliendo. No se hacen masivas, simplemente son para un pequeño segmento que se molesta en leer esos libros. Pero a eso ha renunciado la prensa escrita, con lo cual se está quedando en un terreno de nadie entre lo inmediato -y ahí los nuevos medios les dán sopas con hondas a los tradicionales- y lo duradero que son los libros. ¿Para qué sirve ese intermedio de la prensa escrita? Pues no está claro".
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"El Mundo no responde a una concepción de la convivencia ni de la vida. Responde a toda clase de oportunismos constantes y ése es uno de los problemas que tiene. El País responde a una concepción de la profesión muy definida. Tiene unos principios editoriales e internacionales que te pueden gustar o no, pero que son muy estrictos. Eso es lo que nos ha dado coherencia todo este tiempo".
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"Que la sección necrológica sea una de las más frescas del periodismo actual hace reflexionar sobre el carácter de una profesión que se ha vulgarizado a pasos agigantados conforme los medios de comunicación han ido adquiriendo más y más poder. Afortunadamente, parece que los que controlan estos medios todavía no se toman en serio todas las secciones. Aquellas que se libran de la adustez y paranoias de los consejeros-delegados se convierten en oasis donde todavía es posible un periodismo con cierta vida, aunque sea, como en este caso, gracias a la muerte. Si Chesterton levantara la cabeza…"Si el periodismo es, como contaba Chesterton, "decir Lord Jones ha muerto a la gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo" podemos afirmar que, siguiendo a Martín-Gorriz, "la sección de obituarios contiene actualmente la esencia del periodismo".
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